El crecimiento de Gijón hacia las laderas que rodean la ciudad, desde la zona rural de Deva hasta las parroquias altas de Somió o Cabueñes, ha multiplicado la construcción sobre terrenos con pendiente. La combinación de las areniscas y lutitas del Carbonífero con un clima atlántico de lluvias persistentes —más de 900 mm anuales— obliga a replantear cualquier movimiento de tierras. Un estudio de suelos con calicatas permite reconocer la estratigrafía real antes del corte, pero cuando el talud supera los 4 metros o queda junto a viales públicos, el análisis de estabilidad es la herramienta que evita sorpresas durante la excavación y a largo plazo. En Gijón trabajamos con modelos que incorporan tanto la resistencia al corte del terreno natural como la presión de poros generada tras semanas de temporal, porque aquí la estabilidad no se define en seco: se define en febrero, con el suelo saturado y la previsión de lluvia para los próximos quince días.
Un talud estable en Gijón no se diseña con la resistencia pico del suelo: se diseña con la resistencia residual tras semanas de lluvia y con la presión de agua que impone un invierno atlántico.



